Durante años advertimos que Venezuela había dejado de ser un Estado soberano en sentido pleno. Que su destino ya no se decidía exclusivamente dentro de sus fronteras. Que fuerzas externas —particularmente Estados Unidos— consideraban una necesidad reducir la influencia de otras fuerzas que deseaban desangrar el territorio, no por altruismo, sino por necesidad propia en vista de mantenerse como el «hegemón». En ese marco, desarrollamos una comparación con el Protectorado Romano: un poder hegemónico que no destruye formalmente al Estado subordinado, pero le impone límites reales a su soberanía.
Muy personalmente debo reconocer que falle, sin embargo, en una predicción concreta. Anticipe una estabilización pactada, sin acción militar directa, basada exclusivamente en reordenamientos internos y presión externa gradual. La realidad me obligó a corregir: hubo intervención militar, se produjo la extracción del presidente, pero la estructura central del chavismo permaneció en el poder.
Aceptar el error no debilita el análisis. Lo fortalece. Porque permite entender mejor el nuevo escenario.
Lo ocurrido no fue una invasión clásica, ni una liberación, ni una refundación. Fue una operación quirúrgica de reordenamiento del mando, ejecutada bajo criterios de seguridad, estabilidad y control del caos. Exactamente el tipo de acción que una potencia hegemónica realiza cuando no busca gobernar directamente, pero tampoco tolera un desorden funcionalmente peligroso.
Aquí es donde la analogía con Roma se vuelve aún más precisa.
Roma no conquistaba siempre destruyendo. En muchos casos intervenía selectivamente: retiraba a una figura, castigaba a otra, y dejaba intacta gran parte de la élite local, siempre que esta garantizara orden, recaudación y previsibilidad. El error común es pensar que el dominio se ejerce solo cuando se administra todo. Roma sabía que gobernar demasiado también genera resistencia.
Estados Unidos opera hoy con una lógica similar, adaptada al derecho moderno. No puede asumir dominio formal. No puede anexar, ni gobernar abiertamente, ni declararse potencia administradora. Pero sí puede imponer límites estructurales: quién cae, quién permanece, qué está permitido y qué no.
La imagen es clara. Los nombres designados para gestionar esta tutela —JD Vance, Marco Rubio, Pete Hegseth y Stephen Miller— no representan una cruzada democrática, ni un proyecto moralizador. Representan una estructura de poder orientada al orden, al control del riesgo y a la reconfiguración regional. No es wilsonianismo. Es realismo estratégico.
Y el realismo tiene reglas simples.
Primera: la asimetría de poder es total.
Venezuela conserva forma estatal, símbolos, instituciones, pero no controla plenamente su destino político. No define con libertad su política exterior. No decide sin condicionamiento los tiempos, límites y actores de su transición. Eso no es soberanía plena. Es dependencia estratégica.
Segunda: la tolerancia a los actores locales es funcional, no moral.
Roma no premiaba virtudes; premiaba utilidad. Estados Unidos hoy tampoco apuesta por una figura única ni por una “oposición moralmente superior”. Tolera actores en la medida en que no desestabilicen el orden impuesto. Margina o elimina a los disfuncionales. No gobierna quien tiene legitimidad ética, sino quien garantiza previsibilidad.
Tercera: el criterio central es el orden, no la democracia.
Roma no exigía justicia, ni autenticidad cultural, ni virtud cívica. Exigía estabilidad, lealtad y control del territorio. Hoy, Estados Unidos prioriza exactamente lo mismo: neutralizar amenazas, evitar el caos regional, contener actores hostiles y reorganizar el tablero geopolítico. La democracia, si llega, será consecuencia, no condición.
Aquí aparece la diferencia clave con Roma, y es fundamental entenderla.
Roma asumía el dominio sin complejos. Administraba directamente. Convertía el protectorado en provincia cuando convenía. Washington no puede hacerlo. El derecho internacional moderno, la opinión pública, los equilibrios globales, se lo impiden. Por eso opera por intermediarios, por influencia, por tutela indirecta. No construye un protectorado estable, sino una fase transitoria.
Roma lo sabía.
Washington también.
Y este es el punto más incómodo para nosotros como venezolanos: nadie vendrá a reconstruir la República por nosotros. La potencia hegemónica no está aquí para fundar un nuevo Estado, ni para regenerar nuestra cultura política, ni para devolvernos la soberanía perdida. Está aquí para garantizar que el colapso no se desborde.
En esta situación de tutelaje, hay que aceptar que no es prioridad la “liberación política”. Su objetivo es el orden.
Eso nos devuelve la responsabilidad completa.
Si aceptamos que vivimos bajo una tutela estratégica, debemos aceptar también que la recuperación de la República no vendrá de afuera. Vendrá únicamente cuando exista una élite nacional capaz de asumir el costo de reconstruir soberanía real: institucional, cultural, moral y política.
Roma siempre dejaba una salida: o el pueblo protegido maduraba y se reorganizaba, o quedaba eternamente subordinado. La historia demuestra que los pueblos no desaparecen por ser dominados, sino por acostumbrarse a la tutela.
Hoy Venezuela está en ese punto.
El escenario ha cambiado.
La ilusión también debe cambiar.
Y la responsabilidad, más que nunca, vuelve a ser nuestra.