Hay un concepto que debemos abordar con más seriedad si queremos comprender el estado de ánimo de nuestra sociedad: la desesperanza. Ya de esto he escrito antes; y no me refiero solo a la frustración pasajera o al desánimo individual. Me refiero a un fenómeno colectivo, estructural y profundamente arraigado en nuestra manera de vivir juntos.
El venezolano ha venido acumulando un sentido de negatividad que no surge de una historia aislada de fallas políticas, sino de una tensión más profunda entre aspiración y realidad. Esto tiene raíces culturales, históricas y psicológicas.
Quiero entrarle esta vez al tema por dos lados: desde la historia y nuestra autopercepción como pueblo, y desde afuera, como síntoma de sociedades contemporáneas marcadas por la tecnología, la información rápida y la “infodemia”.
El venezolano y la tradición de pesimismo
El pensador venezolano Augusto Mijares realizó trabajos fundamentales sobre la identidad nacional y el carácter histórico de nuestra sociedad. En obras como La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, exploró cómo, desde mediados del siglo XX, se consolidaban interpretaciones del venezolano que oscilaban entre la culpa cultural y la percepción de fracaso histórico. Aunque Mijares también buscó destacar virtudes latentes, identificó que la negatividad globalizada en nuestra mirada histórica tenía el potencial de anestesiar cualquier proyecto colectivo que exigiera resistencia y acción sostenida.
Este pesimismo no es un rasgo aislado ni un mero cliché. Investigaciones posteriores han documentado que, en momentos de crisis, la autoimagen negativa —entendida como el conjunto de interpretaciones culturales que subestiman nuestras capacidades como sociedad— se vuelve un obstáculo para la acción política y la construcción de proyectos colectivos eficaces.
También pensadores europeos como José Ortega y Gasset ya advertían que, en situaciones de desorientación profunda y crisis colectiva, lo que emerge no es automáticamente la parálisis, sino una invitación al pensamiento crítico profundo. Ortega entendía la desesperanza como una condición que puede precipitar el pensamiento transformador, si se asume con dignidad y honestidad intelectual. Cosa que lamentablemente aún no logramos hacer los venezolanos.
Además, nos enfrentamos a un fenómeno propio de nuestro tiempo. La desesperanza moderna no es solo ausencia de expectativas de bienestar; es la sensación de que no existe un proyecto de vida colectivo que valga la pena perseguir. Y esto es distinto a la frustración circunstancial. La desesperanza afecta la voluntad de comprometerse con la política, con la comunidad, incluso con uno mismo como proyecto de vida.
Esta profundidad en la desafección explica por qué, en Venezuela, muchas personas no solo viven con miedo o cansancio, sino con una especie de desvinculación afectiva de su propio futuro.
Viendo el fenómeno a nivel global, Byung‑Chul Han ha señalado con claridad algunas de las dinámicas que intensifican este malestar. En obras como La sociedad del cansancio y La sociedad paliativa, Han describe cómo la hiperconectividad digital y el exceso de información producen: una sociedad del rendimiento donde el individuo se autoexplota hasta el agotamiento, un estado de infodemia donde la información masiva no empodera, sino confunde, y una tendencia a la anestesia social donde la realidad se vuelve insípida y la reflexión se desactiva.
En nuestra realidad venezolana, este efecto se siente con particular intensidad: bombardear de datos contradictorios, emociones mediáticas y narrativa sensacionalista convierte la conciencia social en un campo de ruido, no de sentido. Una sociedad hiperconectada sin filtros críticos se vuelve más vulnerable a la manipulación, la desesperanza y la pasividad.
Esta “infodemia” —un exceso de información que desorienta más que orienta— no solo desconecta, sino que desgasta mentalmente y nubla la imaginación histórica necesaria para proyectar un futuro distinto.
La desesperanza es funcional para quienes no desean una transformación profunda. Cuando un pueblo pierde la esperanza en su capacidad de cambiar su destino, deja de ser una amenaza para los poderes establecidos. La permanente crisis económica, la inestabilidad política, la violencia, la erosión de las instituciones y la saturación mediática no solo generan cansancio, sino que inducen resignación.
En este contexto, lo más peligroso no es el descontento, sino la normalización de la derrota. Cuando resignarse al deterioro se vuelve común, la sociedad deja de intentar transformarse.
Propuesta para recobrar esperanza y sentido colectivo
Si la desesperanza es el efecto de procesos históricos, culturales y tecnológicos, entonces la salida también debe ser holística, profunda y estratégica. Esto no es solo una lista de deseos, sino un conjunto de principios orientadores para una recivilización social de Venezuela:
1. Recuperar el proyecto colectivo
La esperanza requiere un horizonte compartido. Es imprescindible construir —desde la sociedad civil, la academia y los líderes culturales— una narrativa coherente de futuro que no sea reactiva ni desarticulada.
2. Promover pensamiento crítico sustentado en la cultura, la educación y la filosofía
Es necesario rescatar las mejores tradiciones de la intelectualidad venezolana —no para romantizarlas, sino para darles sentido actual— y combinarlas con herramientas contemporáneas de análisis (filosofía política, teoría crítica, sociología del conocimiento).
3. Combatir la “infodemia” con “alfabetización mediática”
No basta con acceso a información; se requiere capacidad para interpretarla, filtrarla y evaluarla. Esto es un elemento central de una sociedad civil potente y resiliente.
4. Fomentar espacios de deliberación pública
La esperanza florece en espacios donde las personas pueden hablar, escuchar, disentir y acordar sin miedo. Fortalecer foros comunitarios, debates ciudadanos y plataformas pluralistas de discusión es clave.
5. Revalorizar la dignidad humana como fundamento ético
La recuperación de valores esenciales —solidaridad, respeto, responsabilidad— no puede separarse de una visión de sociedad donde la dignidad del otro es un criterio central.
Conclusión
La desesperanza y la negatividad no son estados inevitables ni naturales de la sociedad venezolana. Son efectos de procesos históricos, culturales, institucionales y tecnológicos que han erosionado nuestra capacidad de imaginar, pensar y proyectar.
Reconocer esto no es pesimismo, es claridad. La esperanza no es ingenuidad; es decisión consciente de construir sentido colectivo, de recuperar la confianza en la comunidad y de articular caminos de transformación profunda.
Si queremos que Venezuela deje de ser un conjunto de sobrevivientes y vuelva a ser una sociedad con proyecto y dignidad, debemos empezar por devolver significado a la esperanza.